Del overbooking al vacío. Hoteles sin sentido

La crisis del coronavirus ha convertido la primavera idílica para los hoteleros sevillanos, con Semana Santa, Feria de Abril y final de la Copa del Rey, en un falso reflejo de un febrero de altas temperaturas que ha terminado tornándose en pesadilla en marzo, pasando del overbooking al vacío.

28 marzo, 2020
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El estado de alarma y la suspensión de todos los grandes eventos dejan una foto fija en Sevilla y en el resto de España: grandes y pequeños hoteles sin turistas y, por lo tanto, sin sentido.

El botones del hotel espera en la puerta, pero no tiene a quién ayudar con la maleta; los recepcionistas sólo están dedicados a anular las pocas reservas que quedan para meses; apenas hay que servir unos desayunos a los últimos huéspedes; casi no quedan habitaciones que limpiar porque nadie las utiliza.

Un céntrico hotel sevillano con unas 150 habitaciones, que suele estar lleno, llegará este miércoles a las cero reservas; otro con casi un centenar sólo tiene una suite ocupada; y un tercero con unas cincuenta habitaciones lleva días totalmente vacío, según han relatado a Efe varios de sus empleados.

Es el resultado de un proceso que comenzó a mediados de febrero, con algunas cancelaciones de clientes de Corea del Sur mientras seguían llegando decenas de turistas de Reino Unido, Alemania, Francia o Estados Unidos. Los italianos fueron los primeros europeos que dejaron de viajar por la explosión del virus en su país.

Cancelar reservas

A medida que se expandía el coronavirus caía el turismo y, desde hace dos semanas, el principal trabajo en un hotel es cancelar reservas, ya que “había una cancelación cada cinco minutos”.

Las razones siempre giraban en torno a esta pandemia: el miedo al contagio, la cancelación de vuelos, las recomendaciones de sus países de origen, la anulación de espectáculos y, por supuesto, el cierre de fronteras con España.

Los hoteles, como siempre un carrusel de historias de quienes vienen y van, han vivido la evolución de esta crisis a través de los ojos de los turistas, en muchos casos incrédulos ante la gravedad de la situación en España, resistiéndose a perder sus vacaciones.

Hay quien se adelantó a los gobiernos y, con el primer contagio en Sevilla hace semanas, ya canceló excusándose en sus problemas de salud porque no quería que esa persona, que estaba aislada en un hospital, le contagiara en su visita a la capital andaluza.

También hay historias de exceso de celo, como el de unos clientes alemanes que pedían insistentemente el cambio de habitación porque los huéspedes de la habitación contigua tosían mucho y “parecía que hablaban italiano”… pero eran de Hungría.

Historias de coreanos que querían mantener sus vacaciones y llamaban anunciando que ellos no estaban contagiados, clientes de Estados Unidos que decidían posponer su luna de miel y otros muchos que ni se molestaban en cancelar, directamente ni han aparecido.
Muchos de los que ya estaban en España cuando se decretó la alarma tenían que irse, como es el caso de un matrimonio danés que enseñaba en recepción un mensaje del Gobierno de su país pidiéndoles que regresaran de urgencia ante el inminente cierre de fronteras con España.

O el de un matrimonio de Malta, que explicaba a los trabajadores cómo al volver a su país tendrían que estar en cuarentena, sólo por venir de España, viviendo separados de sus hijos y dejando fuera del domicilio hasta las maletas, todo lo que llegara desde nuestro país.

La economía se ha venido abajo, el turismo ha desaparecido, los contratos -temporales en la mayoría de casos- tienen más que nunca una fecha de caducidad y los trabajadores del sector se preguntan: ¿Han estado especialmente expuestos al contagio? ¿Cuánto tardará en recuperarse este sector?.

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